Formación, ética y globalización: Reflexiones sobre la formación de formadores

Por: Luis Carlos Certuche
Docente de P.P.I. Escuela Normal Superior Santa Clara, Almaguer Cauca

“UN MAESTRO SIN VOCACIÓN ES UN MAESTRO SIN ALMA, Y POR LO TANTO, UN PERJUICIO PARA LA SOCIEDAD” LC2.

Temáticas
I. Breve perspectiva sobre el propósito formativo del Programa de Formación Complementaria (P.F.C.).
II. Vocación, ética y competencia en el normalista superior.
III. Conclusión.

I. Breve perspectiva sobre el propósito formativo del Programa de Formación Complementaria

2c_Presentacion_LuisCertuche

El Programa de formación complementaria (P.F.C.) de las escuelas normales superiores, se oferta a quienes crean tener la vocación suficiente, para iniciar el camino de la docencia; camino por demás estrecho y tortuoso si realmente dicha propensión, tiene su asidero en el corazón de quien opta este sendero y persevera, en el de Maestro.

El P.F.C. busca generar para el maestro en formación, más que una expectativa para suplir sus necesidades básicas, una forma de vivir, de ser, ofreciéndole las herramientas suficientes, a través del ideal de un P.E.I. y un bien estructurado trabajo curricular, académico y pedagógico, más allá de tener claro que el “…curriculum no es un concepto, sino una construcción cultural. Es decir, no se trata de un concepto abstracto que tenga alguna existencia aparte de y antecedente a la experiencia humana…” (Grundy, 1998, p. 19).

Estos elementos son la brújula y carta de navegación del P.F.C. y la razón de ser, de dichas estructuras, es la de crear y darle al maestro en formación, las herramientas necesarias para ir entreviendo el escenario del ser docente; escenario del cual el maestro en formación hará su nuevo hábitat, haciéndose parte esencial de este, ya no como un simple espectador, sino como protagonista de un proceso de cambio social, el cual nace en la utopía educativa que todo buen maestro ha de perseguir; la utopía de pensar su escuela a partir de la que tiene para acercarse a la que idealiza, la que está llamada a ser puente, unión armónica entre el sueño apacible de una sociedad más justa y equitativa, con la realidad concreta y vivencial del día a día, donde el respeto por la dignidad del ser humano, sea el reflejo del nivel educativo alcanzado en las aulas, constriñendo así, con las armas de una razón no dogmática y afinada en la escuela al Estado, para que sea este el principal apoyo y promotor de esta utopía social, como debe ser, en un verdadero Estado social de derecho.

Visto bajo este cristal, se convierte así, el P.F.C. en una posibilidad dual, ya que no solo es génesis de los futuros maestros que ingresan en él, sino también fuente esperanzadora para nuestra sociedad tan necesitada y urgida de seres humanos vivos, con deseos de proponer y transformar el desorden que brutal o ingenuamente, hemos venido causando las generaciones que les hemos antecedido.

Sin embargo, no se puede obviar el hecho lamentable, que es también el P.F.C. la puerta amplia, de hecho, abierta de par en par, para no expresarme de una forma más realista; que permite el ingreso a muchos jóvenes y adultos, cuyo único deseo radica en hacerse profesores, para poder si acaso, devengar un salario que les libre momentáneamente de sus desasosiegos más perentorios, olvidando completamente el ethos para el cual fueron formados; lo que necesariamente, lleva a repensar la estrategia implementada, a la hora de permitir el ingreso de muchos a este programa, pues si bien es cierto, es cuantioso el número de maestros que precisa el país, no podemos olvidar tampoco, que cantidad no es sinónimo de calidad; y que como formadores, corremos un alto riesgo ético al promocionar maestros para el nivel básico, que en lugar de contribuir integralmente con la formación de las nuevas generaciones, terminen perdiéndolas o pervirtiéndolas, y con ellas las posibilidades de evolución social.

Nótese que en este punto, empieza a crecer la necesidad de redefinir o resignificar el visado, que otorga el paso hacia la formación docente en el P.F.C. Todo esto, en procura de la recuperación del honroso status envolatado de nuestra profesión; sustento esto, justamente en el ideal y filosofía institucional de muchas escuelas, en su visión y en su misión, con las cuales se han creado dichos programas de formación, ideal y filosofía que busca proveerle a nuestra nación, los maestros y maestras que ella requiere apremiantemente, en el afán de desatascarse del lodazal que le impide con justicia, alcanzar un desarrollo social integral, acorde con unas políticas liberadoras y humanas que hasta ahora y de existir, no pasan de ser mera teoría.

En ese mismo tenor, se hace inexcusable que estos programas redireccione en buena parte su propósito, convirtiéndolo en algo más eficiente, práctico, más pragmático si se quiere, pues en muchas ocasiones los maestros que en él laboramos, terminamos en el mar ilusorio de creer que enseñamos, cuando realmente lo que hacemos, si acaso, es el papel de transmisionistas, de vacías y descontextualizadas marañas de contenidos e informaciones sin sentido. Por ello, para alcanzar ese objetivo, ese nuevo enfoque del P.F.C. es preciso, que dicha reestructuración o nueva ruta, inicie en quienes formamos a los futuros formadores; y en ese sentido, es ineludible también, el hecho de repensar y poner al día el P.E.I. y toda la estructura curricular, que jalona el avance de nuestras escuelas; hay que correr el riesgo, el del cambio; más allá del temor que trae consigo todo cambio, es necesario el redirigir el timón, e iniciar rumbo hacia aquello que a primera solicitud es desconocido y resulta extraño, pero es la única manera de encontrar el camino a la Ítaca, que cada una de nuestras escuelas, debe empeñarse tercamente en alcanzar, para que una vez allí, como en un mágico eterno retorno, emprendamos nuevamente una y otra vez, desde ese inolvidable puerto, un nuevo viaje, para descubrir, redescubrir y seguir creciendo.

Porque en últimas, es eso, un riesgo si se quiere crecer, de hecho, la vida misma lo es, pero solo por eso, vale la pena ser vivida, de otro modo, siempre habrá quien tome eso riesgo por nosotros; la decisión de tomarlo, de tomar una nueva senda, inicia de forma básica en el maestro formador y lleva consigo una carga no solo a nivel laboral, sino también ética, moral y de empoderamiento institucional, de trabajo en espacios y tiempos que trascienden la jornada laboral y con ello, ponen en entre dicho las directrices sindicales que suelen asfixiar estas posibilidades mucho antes de nacer, porque puede más el fanatismo de unos cuantos en contra del Estado, bajo pseudo-argumentos tales, que les impiden ver el deber ser para el que fueron nombrados maestros. Este riesgo, el del cambio requiere de maestros valientes, que se echan al hombro esta carga y caminan firmes, apoyados en el cayado de su ética profesional y sobre todo humana.

Pero no hay que temblar antes de tiempo, frente a este impostergable hecho, es cuestión simplemente de actualizarnos, al igual que lo hacen los ordenadores, pero a diferencia de ellos, no tenemos que bajar actualizaciones de la red, sino hallarlas en nuestro contexto social, el regional, el nacional y el global; el docente formador, el buen maestro formador está obligado ética, moral y ante todo, vocacionalmente, a reconocer el cambio incluso a predecirlo, a partir de una lectura crítica del devenir histórico y social en el que se halla y del cual, es deber que sea protagonista.

De esta forma, voy por el momento a dejar hasta aquí, este breve primer apartado, en lo que al P.F.C. se refiere, incitando a la necesidad de un replanteamiento urgente de estos programas, por el bien futuro de las escuelas normales y sobre todo, de nuestra sociedad. Cierro entonces, este punto, no sin antes dejar una pequeña frase para la reflexión: Hablar de un Maestro sin ética es una antinomia, ¿pero qué somos nosotros, maestros o simplemente profesores de una masa amorfa?.

II. Vocación, ética y competencia en el normalista superior.

Mision-Vision_ENS_Almaguer

Ya hemos dicho, lo inaplazable que es el hecho, de redefinir o resignificar las estructuras académicas y curriculares que dirigen la senda en las escuelas normales; con miras a diseñar de una forma más acertada, el ámbito de educación superior en lo que a la oferta del Programa de Formación Complementaria se refiere; de otro modo seguiremos acuñando el hecho paradójico de la escuela, que pretende encaminarse a unos fines, pero termina por buscar y servir a otros.

En ese sentido, y una vez organizada nuestra casa, como de continuo se escucha en el argot popular, entonces hay que pensar de inmediato en el invitado principal que llegará, es decir, el formador en potencia.

Me atrevo a sugerir en este punto, cuidando de no errar en el mandato constitucional que señala la educación como derecho legítimo y fundamental de los niños y jóvenes respectivamente, artículos 27 y 44; que no todo el que llegue a golpear nuestra puerta, debe tener acceso ilimitado a nuestra casa; estoy convencido de ese adagio oriental que ahora nos viene muy bien y que nos dice: “que cuando el alumno está listo, el maestro aparecerá”, en este caso, aparecerá la escuela normal, ahora bien, se sigue de esta proposición que el iniciado demuestre suficientemente el nivel vocacional que para esta profesión se requiere; por qué considero valida esta invitación, porque de lo contrario, gran parte del trabajo realizado en la resignificación de las estructuras guías de la escuela, se pierde en el desinterés y la apatía del estudiante no comprometido con este proceso; además, si lográramos alcanzar un estrato elevado en lo que a vocación se refiere, prácticamente estaríamos de forma colateral certificando un baluarte ético y con él, un elevado nivel de competencia estaría más que asegurado.

He aquí, la razón por la cual el componente vocacional para mí particularmente, es vital, más allá del efecto práctico que este trae consigo, para el mejoramiento académico de la escuela, es el cimiento escencial, para ganar terreno en el avance y desarrollo de posibilidades de cambios sociales, a través de un futuro maestro éticamente bien cimentado, convencido de su profesión y altamente competente a la hora de liderar positivamente su comunidad. Como se ve, a partir del componente vocacional, se desprenderá el ejercicio cotidiano de la ética y con el se abonará el terreno de la exigencia académica, dando como resultado el fortalecimiento de las competencias docentes, con las cuales en conclusión no solo gana la escuela, el nuevo maestro sino ante todo, nuestra sociedad.

De otro lado el componente ético, debe volverse una exigencia más que reflexiva, vivencial en cada acto de nuestras escuelas, en cada acto de la formación del futuro maestro, esto es improrrogable, ahora más que nunca se deben exigir nuestras escuelas en este punto, en la recuperación y el fortalecimiento ético de nuestros egresados.

Si nos detenemos brevemente en los últimos y más llamativos titulares noticiosos sobre nuestro país es imposible no encontrar en ellos la palabra corrupción, la cual posee una carga semántica que impresiona, incluso al delincuente de oficio y se puede concluir tranquilamente, que este país era más seguro, cuando solo los ladrones eran quienes ejercían su profesión.

Esta situación sirve para poner de manifiesto la realidad actual de nuestro patria, y precisa buscar una causa para tales hechos, más aun, si los más implicados en estos asuntos, son precisamente aquellos a quienes se les suele dar el honorifico titulo de servidores públicos.

La interrogante sería entonces, por qué nuestros políticos actúan de tal manera, por qué, defraudan sin temor alguno los intereses de la nación, elaborando por ejemplo, reformas a la justicia, justamente para ponerla ni siquiera a su favor sino a su servicio, el 15 de mayo de este año, entra en vigencia el T.L.C. tratado que de antemano, se sabe traerá más precariedad y con ella, el aumento degenerativo de nuestra sociedad; todos ellos (los políticos) de una o de otra manera buscan llenar sus arcas, incluso a costa de nuestro erario; pero yendo más allá, no son solamente los que mancillan el titulo de político, quienes permanentemente incurren en tan viles actuaciones, el colombiano promedio perdió el mapa y la brújula para transitar el camino de la ética y de los valores, su deber ser, y pervierte en la medida de sus posibilidades y de sus ambiciones su conducta; ahora bien, dónde subyace la pérdida del fuero ético, no sabría con certeza señalar un móvil especifico, pues para ello habría que tener en cuenta, un enorme abanico de posibilidades, en cambio por ahora, y para los fines de este texto, solo mirare en dos direcciones, la familia y la escuela. En ese sentido, quienes somos y hasta donde nuestro deber ser nos permite juzgar, si la familia envolato su marco ético y con él, la formación en valores para sus hijos, que son la semilla del cambio generacional que la sociedad espera; no creo que tengamos tal jurisdicción, pero en cambio sí la tenemos, si miramos y evaluamos lo que hacemos como profesionales de la educación en nuestro día a día, con nuestras actuaciones y en el contexto de la escuela.

Nuestra labor en la formación de formadores, vista desde esta perspectiva se torna titánica, en tanto que la ética no tiene sentido si solo es reflexión, si permanece inmutable en el abstracto. No se vive tras la intención de perseguir una ética ideal, se interioriza y se vivencia en la práctica, en el dinamismo de la relaciones intersubjetivas de la cotidianidad; y es allí, donde el ejercicio del formador de formadores debe obligadamente ser efectivo, si nuestra pretensión subyace en el deseo de elevar los niveles éticos que se han difuminado, en el afán, de suplir intereses mezquinos e individuales que sumen el derecho general en la inequidad y la angustia.

El formar formadores implica entonces, el sentido esencial de la ética, el recuperar el valor de la palabra, la apropiación por el valor del otro, que es mi igual y me da existencia, en palabras de Levinas “El Otro no es otro con una alteridad relativa como, en una comparación, las especies aunque sean últimas, se excluyen recíprocamente pero se sitúan en la comunidad de un género, se excluyen por su definición, pero se acercan recíprocamente por esta exclusión a través de la comunidad de su género” (1977, p. 207); lo que obliga a desarrollar nuestra tarea de formadores desde la perspectiva del deber ser del docente, del docente comprometido con la transformación positiva y requerida por nuestra sociedad, lo que nos lleva a la comprensión real de lo que significa ser docente, y ser docente competente para el ejercicio de la docencia.

No hay en la historia de la humanidad, salvo casos excepcionales ningún hombre o mujer que sea profesional en cualesquier campo, sin antes no haber sido ingenuo educando, en un aula y de la mano de un profesor, y es justamente el poder reconocer esto, lo que nos impone el aceptar nuestro grado de culpabilidad en el extravío del componente ético de las y los jóvenes miembros de las comunidades educativas eleméntales, básicas, medias y de nivel superior que llegan a dirigir en menor o mayor medida los destinos de su sociedad, de la que por cierto, seguimos haciendo parte todos.

Si la ética se estructura alrededor de los valores fundamentales ligados a la vida, a su cuidado, al trabajo, a las relaciones mutuales y a la cultura de la no-violencia y de la paz, es propio reconocer y no perder de vista, el enorme compromiso que tiene en ese sentido, el formador de formadores y la estructura en sí, de las escuelas normales, que son nuestro marco de referencia más cercano y por lo tanto obligado.

Bien, he llegado hasta aquí en un intento por concatenar en una especie de tejido, hasta ahora una triada de conceptos que a mi juicio, es tal vez una posibilidad para el crecimiento de la escuela, la que para otros ni más faltaba, puede resultar si acaso, en una peripecia; como sea, el punto es mejorar el compromiso que como formadores tenemos con la sociedad a la hora de entregarle a sus futuros maestros; y apenas si he logrado evidenciar grosso modo, lo que al propósito del P.F. C. a la vocación y a la ética respecta, ahora mi intención busca estrechar en ese tapiz lo que a competencia se refiere en el normalista superior y que vendría a completar este lienzo, sobre el cual en últimas subyace la intención de este escrito.

“El estudiante competente posee conocimiento y sabe utilizarlo. Tener una competencia es usar el conocimiento para aplicarlo a la solución de situaciones nuevas o imprevistas, fuera del aula, en contextos diferentes, y para desempeñarse de manera eficiente en la vida personal, intelectual, social, ciudadana y laboral.”

Como vemos desde esta perspectiva, (la del MEN) el exigir y crear los ambientes propios para el desarrollo de la competencias, ya sean básicas, especificas, ciudadanas o laborales generales, son indispensables para la formación del futuro educador; ahora bien, creo que puede ser cierto, pero no lo digo con la ingenuidad enclenque del que supone le estoy haciendo el juego al Estado y a sus políticas arbitrarias encausadas a formar “idiotas útiles”, sino por el contrario, porque veo en esta perspectiva la posibilidad de generar las condiciones necesarias, justamente para formar hombres y mujeres capaces de analizar y criticar el hasta donde, se pretende llegar con las devastadoras legislaciones estatales, nacidas de la intención perversa del F.M.I. por ejemplo; y que se nos venden bajo el disfraz de ideales paraísos, como lo es, el caso reciente de la firma del TLC con los Estados Unidos.

Si logramos defendernos con sus propias armas, las que nos llegan a través del callejón abierto de la autonomía educativa que tanto se exigió y que ahora parece un monstruo al que la mayoría de docentes temen, pero que ellos en cambio, controlan a su antojo, quizás podamos luego de una lectura y análisis crítico, extraer lo bueno y significativo para nosotros; iniciando de este modo, el proceso de base, para alcanzar un verdadero cambio social, nacido como debe ser, en las escuelas de nuestra patria.

En este sentido, apoyo el por qué, de la necesidad, para que nuestras escuelas normales y específicamente el P.F.C. establezcan los parámetros necesarios, para el ingreso y la estancia en él, otorgándole a quien llegue una verdadera educación y formación de calidad, a nivel político, económico, cultural y sobre todo investigativo, en la aprehensión de métodos científicos y sociales críticamente analizados y puestos al servicio de la comunidad, de nuestra sociedad, para liberarla de las problemáticas más urgentes, las que la asfixian están allí, son evidentes y a las que sin embargo, desgraciadamente nos hemos acostumbrado.

Por ello, la normal y más específicamente el P.F.C. debe trascender al hecho anquilosado de la vieja escuela, cuya pretensión, solo era la de moldear la conducta del educando, con el fin único de facilitarle su inserción en la sociedad; hecho que no podemos olvidar, pero no continuar ciegamente, es necesario leer los cambios intempestivos y continuos de esta aldea global y con ellos sus exigencias, para no continuar ocupando ese lugar opaco, de los países que ahora llaman en vías de desarrollo.

Porque la escuela esta llamada en este momento a mucho más, es necesario entregarle a través de un ejercicio educativo practico, a nuestros educandos esa calidad, para que ellos avancen con paso firme en la competencia global que de otro modo les va aplastar, y por ello es necesario una formación científica, entendida la ciencia simplemente como posibilidad, ya no más como certidumbre; no olvidemos por ejemplo, el principio de incertidumbre de Heisenberg; este es el camino para escapar del dogma impuesto por la autoridad, el fanatismo, el mito religioso, el libro y hasta el mismo profesor, de este modo ese nivel de competencias y de óptimos desempeños, se tendrá que ver reflejado en el desarrollo de nuestra sociedad y no solo en la proliferación de blandos profesionales que no saben con exactitud, ni siquiera en muchos casos, cual es su campo de acción especifico y mucho menos sus afines; como saber entonces su papel en la transformación positiva de la sociedad.

El normalista superior debe ser un maestro competente ante todo, capaz de ver, prever, prepararse y hacerle frente al cambio con propuestas efectivas, prácticas, innovadoras pero ante todo éticas, generando de este modo, los lazos que mantendrán perpetuamente conexas y de forma solida, nuestra cultura y educación, pues estas como dice Delval “….están íntimamente ligadas ya que la educación sólo es posible mediante la existencia de una cultura, pero la cultura se conserva por medio de la educación, por lo que cultura y educación son términos interdependientes” (Delval, 2001, p. 19)

Como vemos, la competencia en el normalista superior va más allá del simple y frío hecho del “saber hacer en contexto”, el normalista superior está llamado a soñar y a vivir tras la utopía educativa, pues solo tras ella se crece verdaderamente como maestro; más allá de saber que no se alcanzará, lo trascendente de la utopía, radica en el camino recorrido que se hace en el intento por alcanzarla; y es en ese camino, donde se construye con persistencia y tenacidad el cambio del mundo para bien. Pero estas competencias solo las podrá alcanzar el neófito docente cuando su escuela le proporcione el sustento necesario y vital, y ese sustento empieza en el sustrato ético, vocacional y competente anclado en el corazón de sus propios formadores.

III. Conclusión.

He querido a través de estas breves reflexiones, llamar la atención al respecto del papel fundamental de las escuelas normales y de sus Programas de Formación Complementaria, en la formación de los futuros formadores del país; insisto en que se debe dar un cambio en los procesos que se vienen llevando a cabo en estos programas, porque en ello nos va, más que nuestro status profesional, nuestra misión ética. Quienes tenemos la fortuna de laborar en una escuela normal, estamos en la obligación de denunciar las falencias de nuestro sistema educativo, de criticarlas, pero también de generar y presentar las propuestas para el cambio; con esta obligación también se antepone el hecho real y concreto de nuestro quehacer pedagógico, en el día a día de la escuela, en torno de la formación que le estamos ofreciendo a nuestros estudiantes; y es allí, entonces donde aparece ante nuestros ojos el fantasma de todo aquello que nos cuesta hacer a cabalidad, ya sea por cansancio, por contravención frente el Estado o simplemente por indiferencia, olvidando nuestro -deber ser- de maestro, ya que más allá de nuestra legítimas desavenencias con las políticas neoliberales del Estado colombiano, es nuestro deber justamente formar seres pensantes, creativos, proactivos, competentes y con un alto sentido de la ética, para que sean ellos legítimamente, quienes se abanderen con razón y suficiencia, de los procesos de cambio que tanto anhelamos.

Por ello he creído conveniente en este texto, hablar algo sobre el propósito de los programas de formación de nuestras escuelas, así mismo, de la vocación y el sentido ético y de competencia profesional; he dicho que es vital una reforma en los P.F.C. con el fin, no de restringir la posibilidad de ingreso a ellos, sino más bien de darles con toda la amplitud del caso, el derecho y la calidad educativa a quienes si demuestren ese componente vocacional que es vital para esta profesión, pues solo así empezaremos a recuperar el status envolatado de nuestra tan digna labor.

Por otro lado, es de suma importancia la formación competente, la apertura al pensamiento crítico, al reconocimiento de nuestro contexto y de lo que sobre él se ha venido trabajando, considero que el maestro normalista debe ser entrenado de forma práctica, dándole las herramientas suficientes, no todas, porque él también deberá construir las que le exija el medio; en cambio la escuela si le enseñara a aprender y desaprender, para que él simplemente no se encalle frente a los primeros obstáculos que le imponga su profesión y que son connaturales a ella, como lo son a cualquier otra.

De esta forma y con el referente y reflejo ético vivido en la escuela, creo que estaremos dando los primeros pasos en la apertura a una nueva generación de maestros que contribuyan eficaz y eficientemente con la educación y formación de seres humanos, capaces de transformar positivamente su entorno social y planetario, dando todo de sí, porque ese es el deber del buen maestro, es por ello que me afinco en la vocación como elemento meritorio para acceder a estos programas, pues solo se es feliz cuando se está, donde esta nuestro corazón.

Bibliografía

Grundy, S. Producto o praxis del curriculum, 2° edición. Editorial Morata. 1998.
Levinas, E. Totalidad e infinito, Ensayo sobre la exterioridad. Ediciones Sígueme-Salamanca. 1977.
Delval, J. Aprender en la vida y en la escuela, 2° edición. Ediciones Morata. 2001.

Para citar este escrito, se solicita utilizar:

CERTUCHE, Luis Carlos. Formación, ética y globalización: Reflexiones sobre la formación de formadores. En: Relatos ieRed [En línea]. Junio de 2011 [Consultado en MES de AÑO]. Disponible en:

  • Print
  • email
  • Tumblr

Leave a Reply